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sobre la película "La Pasión"
de Mel Gibson |
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al sitio oficial de la película en español
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La
película de Mel Gibson es una obra de arte
más, como tantas otras a lo largo de los siglos,
sobre la pasión de Jesucristo. Nadie puede
saber con exactitud como fue el tormento de Jesús
y la película muestra sólo una de tantas
representaciones que no tienen por qué ajustarse
exactamente a la realidad. Por tanto no puede considerarse
"canónica" como lo son las escrituras.
En la película, aunque básicamente fiel
a los Evangelios, existen diferencias notables y puntuales
sobre algunas características de la pasión
que no se ajustan a los datos que se desprenden del
estudio de la Sábana Santa. En esta dirección
puede encontrar algunas de las escenas contrastadas
con los estudios sobre la Sábana (pinchar
aquí). Soy de la opinión,
y de acuerdo con algunos médicos forenses como
el Dr. F. Zugibe, de que la flagelación que
representa Gibson sería suficiente para matar
a un hombre y que, en cualquier caso, un hombre así
tratado no podría haber cargado con la pesada
cruz que aparece en la película. Si atendemos
a los datos que nos ofrece la Sábana, la flagelación,
aunque fue durísima como se puede comprobar
al contemplar las marcas en la tela, no parece que
llegara a los extremos que muestra la película.
La película es una obra de arte que representa
de manera particular un hecho que sucedió en
realidad y es portadora de un mensaje de gran trascendencia
espiritual, así debe ser considerada.
Los textos que se ofrecen a continuación no
analizan la película desde el punto de vista
científico, ofrecen reflexiones desde un punto
de vista puramente humanístico y religioso.
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Lo
que Gibson buscaba con "LA PASION" lo ha conseguido:
golpea. Vittorio MESSORI
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«LA
PASIÓN» de MEL GIBSON. Juan Manuel DE PRADA
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AHORA
ENTIENDO MEJOR. José A. BOTELLA
(después
de ver la película) |
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Lo
que Gibson buscaba con «La Pasión»,
lo ha conseguido: golpea. Vittorio MESSORI
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(publicado
en La Razón, 18.02.04)
Messori
ha sido uno de los pocos periodistas europeos en visionar
la última producción cinematográfica
de Mel Gibson. Relata en este artículo, en
exclusiva para LA RAZÓN, el impacto que le
produjo tras ver las dos horas y seis minutos del
metraje de «La Pasión»
En
la salita insonorizada, la luz se vuelve a encender
después de dos horas y seis minutos. Somos
apenas una docena, de muchos países, conscientes
de nuestro privilegio: por invitación de Mel
Gibson y del productor Steve Mc Eveety, somos los
primeros en Europa en ver la cinta recién llegada
de Los Ángeles. La misma que el próximo
miércoles se estrenará en dos mil salas
americanas, en quinientas inglesas, en otras tantas
australianas, la misma que ha llevado al colapso a
todos los sitios de internet y que en la primera semana
recuperará los 30 millones de dólares
de coste de la producción. Ni siquiera el Papa
ha visto más que una versión provisional,
a la que le faltaba, entre otras cosas, parte de la
banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los
primeros (los españoles la verán el
2 de abril y los italianos tendrán que esperar
hasta el día 7, Viernes de Dolores).
LLorando
en silencio
Cuando terminan de pasar los títulos de crédito,
donde los nombres americanos se alternan con los italianos,
donde los agradecimientos al ayuntamiento de Matera
se alienan junto al nombre de teólogos y especialistas
en lenguas antiguas; cuando el técnico le da
al interruptor que enciende las luces, la salita sigue
en silencio. Dos mujeres lloran, silenciosamente;
el monseñor en clergyman que tengo a mi lado
está palidísimo, con los ojos cerrados;
el joven secretario atormenta nervioso un rosario;
un tímido, solitario comienzo de aplauso se
apaga enseguida, avergonzado. Durante larguísimos
minutos nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla.
Así que lo que nos anunciaban era cierto: «The
Passion of The Christ» nos ha golpeado; el efecto
que Gibson pretendía se ha realizado en nosotros,
primeros cobayas. Yo sigo desconcertado y mudo: durante
años he pasado por la criba, una por una, las
palabras del griego con las que los evangelistas narran
aquellos hechos; ninguna minucia histórica
de aquellas horas en Jerusalén me es desconocida,
he estudiado un libro de cuatrocientas páginas
que tampoco Gibson ha ignorado. Lo sé todo.
O mejor, ahora descubro que creía que sabía:
todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes
que logran transformarlas en carne y sangre, en arañazos
de amor y de odio. Mel lo ha dicho con orgullo y humildad
a la vez, con un pragmatismo mezclado con misticismo
que hace de él una mixtura singular: «Si
esta obra falla, durante cincuenta años no
habrá futuro para el cine religioso. En esta
película hemos echado el resto: todo el dinero
que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor,
el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos,
la inspiración de los místicos, experiencia,
técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra
certeza de que valía la pena, de que lo que
ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre.
Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos
después de la muerte. Si no lo logramos nosotros,
¿quién podrá hacerlo? Pero lo
conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado
acompañado de demasiados signos que me lo confirman».
En
efecto, en el set ha ocurrido más de lo que
se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto
de las conciencias: conversiones, liberaciones de
las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono
de lazos adúlteros, apariciones de personajes
misteriosos, explosiones de energía extraordinarias,
extras que se arrodillaban al paso del extraordinario
Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos,
uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no
han herido a nadie. Y después, casualidades
leídas como signos: la Virgen con el rostro
de la actriz judía de nombre Morgenstern, que
-se dieron cuenta después- es, en alemán,
la «Estrella de la mañana» de la
letanía del Rosario.
Comprender
con el corazón
Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato
Angélico: «Para pintar a Cristo, hacer
falta vivir con Cristo». El ambiente en la ciudad
de Matera y en los estudios de Cinecittà parece
haber sido aquel de las sagradas representaciones
medievales, de las procesiones de flagelantes en peregrinación.
Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada
tarde, un sacerdote con sotana negra de larga fila
de botones celebraba una misa en latín, según
el ritual de San Pío V. Aquí está
la razón verdadera de la decisión de
hacer hablar a los judíos en su propia lengua
popular, el arameo, y a los romanos en un latín
vulgar, de militares, que nos hiere el oído
a los viejos alumnos del Liceo, acostumbrados a los
refinamientos ciceronianos.
Gibson,
católico, amante de la tradición, es
un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada
en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio
de Jesús, renovación incruenta de la
Pasión. Esto es lo que importa, no el «comprender
las palabras», como quieren los nuevos liturgos,
de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le
parece blasfema. El valor redentor de los actos y
de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario
no necesita de expresiones que todo el mundo pueda
comprender. Esta película, para su autor, es
una Misa: hágase, por tanto, en una lengua
oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si
la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que
el corazón entienda que todo lo que sucedió
nos redime del pecado y nos abre las puertas de la
salvación, como recuerda la profecía
de Isaías que se presenta como prólogo
a toda la película. El prodigio, por tanto,
me parece que se ha realizado: pasado un rato, se
abandona la lectura de los subtítulos para
entrar, sin distracciones, en las escenas -terribles
y maravillosas- que se bastan a sí mismas.
En el plano técnico, el film es de una altísima
calidad. Pasolini, Rossellini, el propio Zeffirelli,
quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos: en
Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral,
un vestuario extraordinario, escenografías
desoladas y, cuando es necesario, suntuosas; un maquillaje
de increíble eficacia, unos grandes profesionales,
vigilados por un director que es también un
ilustre colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales
tan apabullantes que, como nos decía Enzo Sisti,
el productor ejecutivo, quedarán en secreto,
confirmando el enigma de la obra, donde la técnica
quiere estar al servicio de la fe. Una fe en su versión
más católica -con el beneplácito
del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger-
de la que «La Pasión» es un manifiesto
lleno de símbolos, que sólo un ojo competente
es capaz de discernir del todo. Haría falta
un libro (dos, de hecho, están en preparación)
para ayudar al espectador a comprender.
En
síntesis, la «catolicidad» radical
de la película reside sobre todo en el rechazo
de cualquier desmitificación, en tomar los
Evangelios como crónicas precisas: las cosas,
se nos dice, fueron así, como las Escrituras
lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento
de la divinidad de Jesús que convive con su
plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana
capacidad de aquel cuerpo de sufrir una cantidad de
dolor como nadie ha sufrido antes ni después,
en expiación de todo el pecado del mundo. Una
«catolicidad» radical (que, preveo, pondrá
en dificultades a algunas Iglesias protestantes, ya
generosamente movilizadas para alentar la distribución)
también en el aspecto «eucarístico»,
reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión
está siempre unida al vino de la Misa y la
carne martirizada, al pan consagrado. Y está
también en el tono fuertemente mariano: la
Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino)
son omnipresentes, la una con su dolor silencioso;
el otro -o la otra- con su complacencia maligna. De
Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada,
Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia
Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando,
a María los paños para recoger la sangre
de su Hijo, está entre las escenas de mayor
delicadeza del filme, que, más que violento,
es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión.
Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan
para recordar que no fue aquella la última
palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección,
que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las
palabras de san Juan, que también yo propuse.
Un «vaciamiento» del sudario, dejando
un signo suficiente para «ver y creer»
que el reo ha triunfado sobre la muerte.
¿Antisemitismo?
¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos
con palabras demasiado serias. Vista la película,
creo que tienen razón los judíos americanos
que amonestan a sus correligionarios a no condenar
la película antes de verla. Queda clarísimo
que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado,
no es la culpa de éste o de aquél, sino
el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno.
A la obstinación de Caifás en pedir
la crucifixión (aquel saduceo colaboracionista
que no representaba al pueblo judío: el Talmud
tiene para él y su suegro palabras terribles)
hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los
verdugos romanos; a las vilezas políticas de
Pilatos, se opone el coraje del miembro del Sanedrín
-episodio añadido por el director- que se enfrenta
al Sumo Sacerdote gritándole que aquél
proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío
el Juan que sostiene a la Madre, no es judía
la piadosa Verónica, no es judío el
impetuoso Simón de Cirene, no son judías
las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación,
no es judío Pedro, que, perdonado, morirá
por el Maestro? Al comienzo de la película,
antes de que el drama se desencadene, la Magdalena
pregunta, angustiada, a la Virgen: «¿Por
qué esta noche es tan diferente a cualquier
otra?». «Porque -responde María-
todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán
más». Todos, pero absolutamente todos.
Sean «judíos o gentiles». Esta
obra, dice Gibson, amargado por agresiones preventivas,
quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor.
¿Y qué Amor sería este si excluyese
a alguien?
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La
crucifixión de MEL GIBSON. Por José
A. BOTELLA (antes
de ver la película)
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(publicado
en www.mercaba.org, 26.02.2004)
NO
he tenido todavía la oportunidad de ver la
película producida y dirigida por Mel Gibson,
pero veinticuatro horas después de su estreno
en EEUU, ya se puede comprobar en los diversos medios
publicitarios alojados en Internet que, como se podía
esperar, la polémica está servida. Las
opiniones se distribuyen desde la total anexión
y apoyo a la obra hasta el más profundo rechazo.
Algunos la ven demasiado cruel, olvidando quizá
la violencia ficticia a la que Hollywood nos tiene
acostumbrados y diariamente se nos sirve en nuestra
casa por televisión. Otros critican que la
película destila un antisemitismo exacerbado,
comparable y reminiscente del que se mostró
durante la II Guerra Mundial en Alemania.
Lo que más me llama la atención es que
en muchas de estas críticas se entremezclan
las acusaciones absurdas de masoquismo y antisemitismo
con el juicio gratuito sobre una presumible y particular
concepción del catolicismo de su director,
al que se considera anclado en el rito tridentino
y pre-Vaticano II y que habría influenciado
en una visión antisemita a la hora de contar
los hechos. No he visto la película, pero creo
no equivocarme al decir que Mel Gibson no se ha inventado
la historia que relata. Se ha ajustado al Evangelio
y como él mismo ha comentado, las acusaciones
vendrán de los que no aceptan el mismo. Sí,
los judíos pidieron la muerte y consintieron
la ejecución de… otro judío, que
tenía una madre judía, familiares judíos
y seguidores judíos; sí, consintieron
y pidieron la ejecución de otro judío
que además era un cumplidor perfecto de la
ley. No, ni la película, ni el Evangelio son
antisemitas. Ese es la excusa utilizada por los que
la critican para desviar la atención sobre
la historia y su importancia.
La acusación de antisemitismo denota un reduccionismo
equivocado, interesado y simplista de unos hechos
que acaecieron, no en la Alemania de Hitler, sino
en la Palestina del siglo I. Denota una falta de seriedad
(o muy mala intención) el pretender hacernos
creer que la muerte de Cristo, procurada por determinadas
personas, judías y romanas, pueda achacarse
a todos los hombres que habitaban en esa nación
y durante todos los tiempos. De la misma manera, sería
absurdo acusar de antisemitas a todos los hombres
pertenecientes a la nación alemana gobernada
por el III Reich. Pero, previendo la acusación,
Gibson ha incluso eliminado de los subtítulos
el versículo de Mt. 27:25 en el que se dice:
“su sangre sobre nosotros y nuestros hijos”.
También se ha adelantado a recordar que, desde
un punto de vista teológico, de la muerte de
Jesús todos los hombres somos responsables.
Como se ve, el tan ridículamente argüido
antisemitismo de Gibson proviene de la estúpida
idea de que el cristianismo existía como contraposición
al judaísmo y que el cristiano automáticamente
se pondría en contra de las personas que mataron
a Cristo y de toda la nación judía.
No se repara en que los primeros cristianos fueron
en su mayoría judíos y que tenían,
como les enseñó Jesús, que amar
y perdonar a sus perseguidores y a los que les maltrataran
ya fueran romanos, judíos, alemanes, americanos
o iraquíes.
No, no he visto todavía la película
y puede que me vaya a gustar o no, pero estoy seguro
de una cosa: si Gibson ha plasmado en ella convenientemente
el Evangelio, nunca podrá ser antisemita.
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«LA
PASIÓN» de MEL GIBSON. Por Juan Manuel
DE PRADA
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(publicado
en ABC, 28.02.2004 )
DOS
sambenitos se han arrojado sobre La Pasión
de Cristo, la película de Mel Gibson, antes
incluso de que fuera estrenada: su presunto antisemitismo
y su regodeo en la crueldad. Ambos reproches, por
supuesto, se han aderezado de muy virulentas invectivas
contra el realizador, en las que se caricaturizan
sus creencias religiosas. Cuando para denostar una
obra artística se recurre a argumentos tan
cochambrosos, debemos desconfiar de las intenciones
del denostador. La animadversión o simpatía
que puedan suscitarnos un creador no deben contaminar
el juicio que nos merece su obra; quien recurre a
una mistificación tan tosca, no consigue sino
descalificarse a sí mismo. Por lo demás,
estoy completamente seguro de que si Mel Gibson mostrara
a Cristo amancebado con María Magdalena, o
renegando de su misión redentora, quienes lo
han tachado de antisemita y tremendista aplaudirían
con fruición su película. Pues lo que
solivianta a estos nuevos inquisidores disfrazados
con los ropajes de la beatería laica es que
un artista emplee su dinero y su talento en la proclamación
de su fe; lo que fastidia es que esta película,
condenada al éxito, vaya a fortificar a muchos
en sus convicciones, y seguramente también
a remover el escepticismo de otros tantos. ¡Con
lo que nos ha costado -bramarán los inquisidores-
que la gente se olvide de Cristo, para que ahora llegue
este sujeto y nos desmonte el quiosco!
La
película de Gibson jode mogollón; así
que habrá que arremeter contra ella, empleando
las coartadas más burdas y torticeras. La acusación
de antisemitismo proferida contra Gibson, por ejemplo,
no se sostiene en pie. Un deber de verosimilitud histórica
obliga al director australiano a mostrar, en efecto,
a Jesús ajusticiado por la autoridad romana,
con la anuencia del pueblo judío, que vocifera:
«¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre
nuestros hijos!». Pero en el mismo Evangelio
de San Mateo en el que se recogen estas palabras hemos
leído antes que Jesús derramará
su sangre «por todos los hombres para remisión
de sus pecados». El pueblo judío, sin
saberlo, ratifica con sus palabras el misterio de
la Redención: la sangre que cae sobre ellos
y sobre sus hijos (sobre la humanidad entera, sin
distinción de credos o razas) no clama venganza,
sino que salva y purifica. Comprendo que este misterio
resulte impenetrable para quienes no profesen la fe
cristiana; pero al menos podrían abstenerse
de interpretarlo de forma reduccionista. El sacrificio
de Jesús, voluntariamente asumido, es de naturaleza
expiatoria.
El
otro reproche lanzado contra Gibson resulta de una
mentecatez aplastante. Las imágenes de su película
muestran sin tapujos las sevicias que Jesucristo padeció
durante su suplicio; son, al parecer, imágenes
de extrema explicitud. Paradójicamente, su
contemplación provoca incomodidades en una
época que ha encumbrado la exhibición
gratuita de violencia a un rango artístico.
Dudo mucho que Gibson exceda en truculencias a Tarantino
o Kitano, tan idolatrados por el gusto contemporáneo.
¿Por qué la violencia enfática,
hiperbólica, de esos cineastas fascina, mientras
que la de Gibson provoca rasgamientos de vestiduras?
Por una razón evidente: porque no es gratuita,
porque interpela al espectador, porque lo obliga a
enfrentarse al dolor en estado puro. Nos hemos acostumbrado
a una violencia banal, coreográfica, meramente
esteticista, que hace del hiperrealismo una forma
sublimada de irrealidad; no podemos soportar, en cambio,
la violencia catártica que estimula nuestro
horror y nuestra piedad, que nos hace partícipes
de un sufrimiento sobrehumano y nos ayuda a entender
en toda su magnitud un sacrificio que remueve nuestra
capacidad de comprensión.
Quizá
la película de Gibson sea, a la postre, un
bodrio. Pero los argumentos hasta ahora empleados
en su demolición dan grima.
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Ahora
entiendo mejor. Por José A. Botella
(después
de ver la película)
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(publicado
en La Verdad, 4.04.2004 )
ACABO
de ver la película y me gustaría expresar
las sensaciones que he experimentado al visualizarla.
Si la fuerza de la costumbre no me puede, creo que
no podré mirar nunca más un crucifijo
sin evocar lo que he visto en esta película.
Los cristianos estamos acostumbrados a las representaciones
artísticas de Cristo en la cruz, obras que,
aún pudiendo mostrar la crudeza del martirio,
no llegan a ser fieles a lo que supuso la tortura
y muerte de Jesucristo. En la página web que
edito he mostrado la imagen del
rostro obtenida de la Sábana
Santa y muchos me han comunicado su asombro al contemplar
las hinchazones y contusiones que se pueden apreciar
en ella. En el apartado la
autopsia se puede observar la brutalidad
a la que fue expuesto este cuerpo. Algo a lo que no
estamos acostumbrados y que podemos comprobar si observamos
los crucifijos que podemos encontrar a nuestro alrededor.
Mel Gibson ha mostrado con toda crudeza el martirio
de Cristo. La obra de Gibson, si bien no tiene por
qué ajustarse, fotograma a fotograma, a lo
que pasó en realidad, bien puede considerarse
como un ejemplo de lo que un martirio de este tipo
puede llegar a ser. La película es muy dura.
He visto a gente abandonar la sala al no soportar
ni un minuto más las imágenes de sufrimiento
a las que Gibson nos expone. Un sufrimiento que minuto
a minuto va aumentando y que parece no tener fin.
Tal es así que, en un momento determinado,
cuando Jesús va cargando con la cruz y los
soldados siguen azotándole, una espectadora
del martirio (en la película) lanza el grito
que muchos de nosotros estamos reprimiendo en silencio:
¿es que no puede nadie parar esto?
Yo mismo he sentido la tentación de irme, de
huir. Pero recuerdo que he sido yo el que he decidido
ver la película y permanezco en mi sitio apretando
fuerte el crucifijo que llevo siempre conmigo. Un
chico, a mi izquierda y en una reacción igual
a la que ha descrito Vittorio Messori en su artículo
sobre la película, ha sacado disimuladamente
un rosario y se ha puesto a pasar despacio las cuentas.
Varias escenas me han conmovido hasta las lágrimas.
He visto sufrir a la Virgen María y he comprendido
su papel de corredentora con Cristo. Hay dos momentos
claves en el que se ve el enorme sufrimiento de María
y que me han hecho reflexionar: el primero de ellos
es el instante en el que se encuentra con su hijo
que cae por el peso de la cruz y en retrospectiva
se ve a ella que acude rápido a una caída
del Jesús niño; el otro es al pie de
la cruz cuando, en una licencia artística de
Gibson, le pregunta a su hijo porqué no puede
morir con él. Así debió ser el
dolor de María. Yo lo he entendido ahora que
tengo también hijos. No hay dolor más
grande para un padre o una madre que el ver sufrir
de manera indecible y morir a un hijo querido. Se
desearía poder morir con él.
También he comprendido la famosa cuestión,
que se plantea sin duda al ver la película,
de por qué Dios eligió esa manera de
redimirnos y no otra más "razonable"
y no tan violenta. He comprendido la famosa frase
tantas veces oída pero nunca meditada lo suficiente
de que nadie tiene amor más grande que
el que da su vida por los amigos. He comprendido
que, aunque Dios pudo habernos redimido con una sola
gota de su sangre, lo hizo en la única manera
que exigiría la inmensidad de su amor: entregando
a su propio Hijo querido a una muerte cruentísima
y preanunciada ya en el episodio de Abraham con el
sacrificio frustrado de su primogénito. Entiendo
ahora que Dios no podía habernos redimido de
mejor forma.
No recomiendo la película a gente excesivamente
sensible. Pero si a aquellos que sientan, no una curiosidad
morbosa, sino la "necesidad" de saber más
sobre Jesús de Nazaret y a los que se han acostumbrado
a mirar un crucifijo y ya no sienten nada. Se llevarán
una muy buena idea del sufrimiento de Jesús
y la película podría, incluso, cambiar
sus vidas para siempre.
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La
Pasión de Cristo. Por Juan Manuel DE PRADA
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(publicado
en ABC, 2.04.2004 )
LA
«cristofobia» imperante ha querido disfrazar
la tirria que le produce la película de Mel
Gibson caracterizándola de panfleto antisemita
y execrando su exaltación del sufrimiento.
Sorprende que una época que aplaude patochadas
del calibre de Kill Bill, la última regurgitación
de Tarantino, donde la violencia desatada adquiere
un tratamiento coreográfico e incluso humorístico,
se escandalice de algunas secuencias contenidas
en La Pasión de Cristo. A la postre, se demuestra
que la razón de dicho escándalo nace
de la banalidad contemporánea, que acepta
la representación de la violencia cuando
se erige en un ejercicio ornamental pero se rasga
las vestiduras (Caifás sigue entre nosotros)
cuando interpela al espectador, cuando estimula
su horror o su piedad, cuando remueve los plácidos
cimientos sobre los que se asienta su existencia
y lo obliga a enfrentarse al problema del mal, a
esa letrina de atávicas crueldades que anida
en el corazón del hombre. Por si esto fuera
poco, La Pasión de Cristo postula sin ambages
la existencia de un hombre entreverado de Dios que
se inmola voluntariamente, que se abraza a la Cruz
para que sus padecimientos limpien dicha letrina;
la magnitud de su sacrificio resulta demasiado indigesta
para ciertos estómagos, que antes que aceptar
su naturaleza redentora prefieren no molestarse
en comprenderla. Sólo así se explica
que una película que recoge en sus fotogramas
pasajes tan reveladores y esenciales en la vida
de Jesús como la predicación del amor
sin condiciones (Mt, 5, 43-48) haya sido tachada
de antisemita. Las anteojeras y apriorismos con
que algunos han contemplado La Pasión de
Cristo les impide reconocer que en ella se nos habla
de amor (de un amor extremo que alcanza la donación
de la propia vida), nunca de odio.
Habría
que anticipar, antes de referirnos a otros aspectos
más concretos, que Mel Gibson ha querido
completar una obra declaradamente católica.
Aunque en Estados Unidos hayan sido las comunidades
evangélicas quienes con más ahínco
la han defendido, la película aborda algunos
asuntos medulares de la fe católica -así,
el vínculo existente entre el sacrificio
de la Cruz y el sacrificio de la misa- que un protestante
no puede llegar a comprender plenamente. Su catolicismo
militante se trasluce, sobre todo, en el tratamiento
de la figura de María, a quien en todo momento
se muestra sabedora y consciente de la misión
salvífica de su Hijo. El sufrimiento sereno
de la Virgen, que asiste a la inmolación
de Jesús con un estoicismo que rehuye la
efusión plañidera, depara algunos
de los momentos más memorables de la película,
también los más originales; pues,
aunque Gibson sigue casi al dedillo los Evangelios
y las visiones de la monja agustina Ana Catalina
Emmerich (1774-1824), se permite algunas licencias
creativas que enriquecen y vigorizan el papel desempeñado
por María en aquellas horas pavorosas. Pienso,
por ejemplo, en esa secuencia en que el Demonio
(caracterizado como un ser antropomorfo y andrógino)
y la Virgen intercambian, en medio del tumulto que
acompaña a Jesús en su vía
crucis, una mirada de tenso dramatismo; enseguida
comprendemos que el poder de Satanás se detiene
ante esta nueva Eva que ha venido para aplastarle
la cabeza (Gn 3, 15). Pienso, también, en
uno de los momentos más sublimes de la película,
en el que María pega el rostro al suelo;
un pudoroso movimiento de cámara nos descubre
que, justamente debajo de ese lugar, se halla Jesús,
aherrojado en una mazmorra: la empatía entre
madre e hijo que se transmite en estos fotogramas
es de una delicadeza conmovedora. Como lo es, en
fin, la escena en la que, a mi juicio, La Pasión
de Cristo alcanza la cúspide de la emoción:
María, «pálida como un cadáver
con los labios casi azules» -así la
describe Ana Catalina Emmerich-, presencia una de
las caídas de su Hijo, aplastado por el peso
de la cruz; entonces Gibson intercala un flash-back
en el que Jesús, todavía niño,
se pega un morrón mientras corretea, lo que
obliga a María a correr a su lado, para consolar
su llanto. Ese mismo movimiento instintivo y protector
la impulsa a socorrer, tantos años después,
al Hijo que va a ser sacrificado; y la transposición
de planos temporales logra crear un clima de un
patetismo limpio que se nos queda anudado en la
garganta.
Otras
intervenciones de la Virgen, como aquella en la
que se agacha sobre el suelo del pretorio, para
limpiar con unos paños -ayudada por María
Magdalena- la sangre vertida por Jesús durante
la flagelación, poseen una hondura mística
que ya encontramos en las visiones de Ana Catalina
Emmerich. Este documento, indispensable para la
plena comprensión de la película,
inspira a Gibson algunos episodios consagrados por
la tradición piadosa, pero ausentes en los
Evangelios (v. gr., la intervención de la
Verónica, la presencia del Demonio en el
huerto de Getsemaní, etc.), así como
el desarrollo de algunos personajes, como Simón
de Cirene, los ladrones Dimas y Gestas y, muy principalmente,
Poncio Pilato y su esposa Claudia. La intervención
de esta última cobra en la película
un protagonismo insólito, influyendo con
determinación en el ánimo del titubeante
procurador, cuyos conflictos de conciencia adquieren
así una dimensión agónica.
La conversación que Pilato mantiene con su
esposa sobre la naturaleza de la verdad constituye
otra de las cumbres de la película, pues
acierta a penetrar en la angustia de un hombre que
se debate entre la convicción de la inocencia
de Cristo y el miedo -nacido del interés-
a un veredicto absolutorio.
No
podemos dejar de referirnos a las escenas de La
Pasión de Cristo que, por su crudeza, han
desatado mayor alboroto entre sus detractores, e
incluso algunas reticencias entre sus partidarios.
Gibson, en efecto, no se recata en la exposición
de las sevicias que le fueron infligidas a Jesús;
la elipsis no figura entre sus recursos retóricos.
Pero esta elección artística no obedece
a un propósito de truculenta gratuidad, salvo
en un momento concreto y particularmente desafortunado
en que se nos muestra cómo un cuervo vacía
un ojo al ladrón Gestas. Hemos de partir
de una premisa: a las nuevas generaciones, educadas
en la explicitud y en el desdén de lo religioso,
un tratamiento sugerido o elíptico de la
tragedia del Gólgota las hubiese dejado risueñamente
indiferentes. Gibson entiende la Pasión en
el sentido etimológico de la palabra, como
sufrimiento que aflige al espectador; esta vindicación
del pathos como instrumento de convicción
estética y moral, que hallamos ya en los
trágicos griegos, ha estado siempre muy presente
en la iconografía cristiana (pensemos, por
ejemplo, en la imaginería barroca española).
Por supuesto, a quienes prefieran atrincherarse
en el descreimiento, estas imágenes les resultarán
obscenas; al cristiano, en cambio, le transmitirán
-aparte de algún mal trago- un efecto purificador
y, a la postre, reconfortante.
La
Pasión de Cristo consigue penetrar el misterio
de aquel episodio que refundó la Historia
y el destino del hombre. Que este logro espiritual
se acompañe, además, de unos resultados
estéticos más que notables, agiganta
el tamaño de la empresa. Prueba irrefutable
de este éxito doble la constituyen las invectivas
y espumarajos con que la «cristofobia»
imperante ha distinguido la película. Para
los cristianos, cada vez más vilipendiados
en la sociedad contemporánea (como Jesús
nos anticipó que ocurriría), la película
de Gibson es una invitación a la perseverancia
y un refresco de aquellas palabras consoladoras
que leemos en el Evangelio de San Mateo: «No
tengáis miedo, pues nada hay oculto que no
llegue a descubrirse, ni secreto que no venga a
conocerse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo
a la luz; y lo que os digo al oído, predicadlo
sobre los terrados». La película de
Gibson es una incitación a salir de las catacumbas,
una apuesta por la fortaleza y el coraje; nada más
lógico, pues, que soliviante y exaspere a
quienes nos desean ver cohibidos y cobardones, negando
o siquiera ocultando una fe que nos dignifica.
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La
violencia de Mel Gibson. Por Juan Manuel DE PRADA
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(publicado
en ABC, 9.04.2004 )
LOS
vituperios que está recibiendo la película
de Mel Gibson se aferran desesperadamente a una misma
coartada: el uso de imágenes de una violencia
perturbadora. Algunos vituperadores, en el colmo de
la astucia o la ignorancia, pretenden recluir La Pasión
de Cristo en el muladar de las películas gore.
Olvidan que la representación explícita
de la violencia se halla presente en muchas cimas
del arte cinematográfico: Un perro andaluz,
La naranja mecánica, Salvar al soldado Ryan,
Saló o los 120 días de Sodoma... A Pier
Paolo Pasolini, por cierto, se le ha sacado mucho
en romería, para oponer el quietismo de El
Evangelio según San Mateo al presunto tremendismo
de Gibson. Nadie parece recordar, sin embargo, la
brutalidad de algunas escenas de Saló, donde
la adaptación del Marqués de Sade servía
-muy discutiblemente- como vehículo de denuncia
del fascismo. Por lo que se ve, el uso iconográfico
de la violencia resulta admisible si se emplea para
ilustrar un alegato antifascista o antibélico;
en cambio, produce escándalo en un alegato
cristiano. Durante los últimos años,
se han estrenado -con los parabienes de la crítica
que ahora se rasga las vestiduras- películas
que se regodean perversa y gratuitamente en las más
bestiales sevicias: La pianista de Michael Haneke,
Irreversible de Gaspar Noé o Audition de Takashi
Miike contienen fotogramas mil veces más escabrosos
-por ásperos y por depravados- que La Pasión
de Cristo.
En
la película de Gibson, sin embargo, el espectador
se enfrenta a una violencia de clara intención
catártica. La misión del verdadero arte
no es complacernos ni acunarnos melosamente, sino
golpearnos, trastornar los cimientos de conformidad
sobre los que se asienta nuestra existencia. Es misión
legítima -y necesaria- del arte actuar como
una Gorgona que nos petrifica de horror. Pero no nos
engañemos. El escándalo suscitado por
la película de Gibson no nace de su utilización
verista de la violencia. La imagen de un Dios hecho
hombre que se inmola (aquí sí conviene
emplear este verbo, y no en los suicidios de los terroristas
islámicos) para redimirnos lastima y ofende
el hedonismo imperante, que califica el sufrimiento
de estéril y repudia la idea del sacrificio.
Paradójicamente, este hedonismo ha querido
maquillarse, en su rechazo de la película de
Gibson, de una espiritualidad pánfila y edulcorada.
Y así, se aboga por una visión «menos
descarnada» (¿menos carnal?) de la Pasión,
en la que se abrevien o eludan los padecimientos infligidos
a Jesús; una Pasión incruenta, indolora
(¿una eutanasia?) en la que la divinidad de
Cristo «pasa por encima» de su vía
crucis, como quien cumplimenta un engorroso trámite.
A los partidarios de esta espiritualidad feble les
agrada la imagen de un Dios que apenas se inmuta,
porque su naturaleza divina triunfa sobre su naturaleza
humana. Este triunfo se produjo (como la película
de Gibson muestra en su secuencia final), pero antes
Cristo sufrió cada vejamen, cada azote, cada
caída camino del Gólgota, cada clavo
hincado en su carne con todo el pavoroso, incalculable
dolor con que lo hubiese sufrido cualquier hombre.
Cristo carga sobre sus endebles hombros con las culpas
del género humano y asume cada una de las estaciones
de su sacrificio sin anestesias bajadas del cielo.
La película de Mel Gibson, tan desaforadamente
carnal, es un monumento al amor divino: a través
de su carne reducida a una piltrafa sanguinolenta,
Cristo anticipa su victoria definitiva. ¿Por
qué los detractores de esta película
no se quitan la máscara? No les fastidia la
efusión de sangre, sino lo que esa sangre significa.
Y es que la película de Gibson ha logrado tambalear
los cimientos sobre los que se asienta perezosamente
nuestra existencia. Chapó por el australiano.
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