Comentarios sobre la película "La Pasión" de Mel Gibson
 
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La película de Mel Gibson es una obra de arte más, como tantas otras a lo largo de los siglos, sobre la pasión de Jesucristo. Nadie puede saber con exactitud como fue el tormento de Jesús y la película muestra sólo una de tantas representaciones que no tienen por qué ajustarse exactamente a la realidad. Por tanto no puede considerarse "canónica" como lo son las escrituras. En la película, aunque básicamente fiel a los Evangelios, existen diferencias notables y puntuales sobre algunas características de la pasión que no se ajustan a los datos que se desprenden del estudio de la Sábana Santa. En esta dirección puede encontrar algunas de las escenas contrastadas con los estudios sobre la Sábana (pinchar aquí). Soy de la opinión, y de acuerdo con algunos médicos forenses como el Dr. F. Zugibe, de que la flagelación que representa Gibson sería suficiente para matar a un hombre y que, en cualquier caso, un hombre así tratado no podría haber cargado con la pesada cruz que aparece en la película. Si atendemos a los datos que nos ofrece la Sábana, la flagelación, aunque fue durísima como se puede comprobar al contemplar las marcas en la tela, no parece que llegara a los extremos que muestra la película. La película es una obra de arte que representa de manera particular un hecho que sucedió en realidad y es portadora de un mensaje de gran trascendencia espiritual, así debe ser considerada.

Los textos que se ofrecen a continuación no analizan la película desde el punto de vista científico, ofrecen reflexiones desde un punto de vista puramente humanístico y religioso.


Lo que Gibson buscaba con "LA PASION" lo ha conseguido: golpea. Vittorio MESSORI
«LA PASIÓN» de MEL GIBSON. Juan Manuel DE PRADA

AHORA ENTIENDO MEJOR. José A. BOTELLA

(después de ver la película)


 

Lo que Gibson buscaba con «La Pasión», lo ha conseguido: golpea. Vittorio MESSORI

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(publicado en La Razón, 18.02.04)

Messori ha sido uno de los pocos periodistas europeos en visionar la última producción cinematográfica de Mel Gibson. Relata en este artículo, en exclusiva para LA RAZÓN, el impacto que le produjo tras ver las dos horas y seis minutos del metraje de «La Pasión»

En la salita insonorizada, la luz se vuelve a encender después de dos horas y seis minutos. Somos apenas una docena, de muchos países, conscientes de nuestro privilegio: por invitación de Mel Gibson y del productor Steve Mc Eveety, somos los primeros en Europa en ver la cinta recién llegada de Los Ángeles. La misma que el próximo miércoles se estrenará en dos mil salas americanas, en quinientas inglesas, en otras tantas australianas, la misma que ha llevado al colapso a todos los sitios de internet y que en la primera semana recuperará los 30 millones de dólares de coste de la producción. Ni siquiera el Papa ha visto más que una versión provisional, a la que le faltaba, entre otras cosas, parte de la banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los primeros (los españoles la verán el 2 de abril y los italianos tendrán que esperar hasta el día 7, Viernes de Dolores).

LLorando en silencio
Cuando terminan de pasar los títulos de crédito, donde los nombres americanos se alternan con los italianos, donde los agradecimientos al ayuntamiento de Matera se alienan junto al nombre de teólogos y especialistas en lenguas antiguas; cuando el técnico le da al interruptor que enciende las luces, la salita sigue en silencio. Dos mujeres lloran, silenciosamente; el monseñor en clergyman que tengo a mi lado está palidísimo, con los ojos cerrados; el joven secretario atormenta nervioso un rosario; un tímido, solitario comienzo de aplauso se apaga enseguida, avergonzado. Durante larguísimos minutos nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla. Así que lo que nos anunciaban era cierto: «The Passion of The Christ» nos ha golpeado; el efecto que Gibson pretendía se ha realizado en nosotros, primeros cobayas. Yo sigo desconcertado y mudo: durante años he pasado por la criba, una por una, las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos hechos; ninguna minucia histórica de aquellas horas en Jerusalén me es desconocida, he estudiado un libro de cuatrocientas páginas que tampoco Gibson ha ignorado. Lo sé todo. O mejor, ahora descubro que creía que sabía: todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes que logran transformarlas en carne y sangre, en arañazos de amor y de odio. Mel lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez, con un pragmatismo mezclado con misticismo que hace de él una mixtura singular: «Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman».

En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos: la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que -se dieron cuenta después- es, en alemán, la «Estrella de la mañana» de la letanía del Rosario.

Comprender con el corazón
Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato Angélico: «Para pintar a Cristo, hacer falta vivir con Cristo». El ambiente en la ciudad de Matera y en los estudios de Cinecittà parece haber sido aquel de las sagradas representaciones medievales, de las procesiones de flagelantes en peregrinación. Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada tarde, un sacerdote con sotana negra de larga fila de botones celebraba una misa en latín, según el ritual de San Pío V. Aquí está la razón verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de militares, que nos hiere el oído a los viejos alumnos del Liceo, acostumbrados a los refinamientos ciceronianos.

Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el «comprender las palabras», como quieren los nuevos liturgos, de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le parece blasfema. El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por tanto, en una lengua oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como prólogo a toda la película. El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas -terribles y maravillosas- que se bastan a sí mismas. En el plano técnico, el film es de una altísima calidad. Pasolini, Rossellini, el propio Zeffirelli, quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos: en Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral, un vestuario extraordinario, escenografías desoladas y, cuando es necesario, suntuosas; un maquillaje de increíble eficacia, unos grandes profesionales, vigilados por un director que es también un ilustre colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales tan apabullantes que, como nos decía Enzo Sisti, el productor ejecutivo, quedarán en secreto, confirmando el enigma de la obra, donde la técnica quiere estar al servicio de la fe. Una fe en su versión más católica -con el beneplácito del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger- de la que «La Pasión» es un manifiesto lleno de símbolos, que sólo un ojo competente es capaz de discernir del todo. Haría falta un libro (dos, de hecho, están en preparación) para ayudar al espectador a comprender.

En síntesis, la «catolicidad» radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento de la divinidad de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo de sufrir una cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación de todo el pecado del mundo. Una «catolicidad» radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas Iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la distribución) también en el aspecto «eucarístico», reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la Misa y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro -o la otra- con su complacencia maligna. De Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando, a María los paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión. Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las palabras de san Juan, que también yo propuse. Un «vaciamiento» del sudario, dejando un signo suficiente para «ver y creer» que el reo ha triunfado sobre la muerte.

¿Antisemitismo?
¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos con palabras demasiado serias. Vista la película, creo que tienen razón los judíos americanos que amonestan a sus correligionarios a no condenar la película antes de verla. Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado, no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la crucifixión (aquel saduceo colaboracionista que no representaba al pueblo judío: el Talmud tiene para él y su suegro palabras terribles) hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a las vilezas políticas de Pilatos, se opone el coraje del miembro del Sanedrín -episodio añadido por el director- que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que, perdonado, morirá por el Maestro? Al comienzo de la película, antes de que el drama se desencadene, la Magdalena pregunta, angustiada, a la Virgen: «¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?». «Porque -responde María- todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán más». Todos, pero absolutamente todos. Sean «judíos o gentiles». Esta obra, dice Gibson, amargado por agresiones preventivas, quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué Amor sería este si excluyese a alguien?

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La crucifixión de MEL GIBSON. Por José A. BOTELLA (antes de ver la película)

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(publicado en www.mercaba.org, 26.02.2004)

NO he tenido todavía la oportunidad de ver la película producida y dirigida por Mel Gibson, pero veinticuatro horas después de su estreno en EEUU, ya se puede comprobar en los diversos medios publicitarios alojados en Internet que, como se podía esperar, la polémica está servida. Las opiniones se distribuyen desde la total anexión y apoyo a la obra hasta el más profundo rechazo. Algunos la ven demasiado cruel, olvidando quizá la violencia ficticia a la que Hollywood nos tiene acostumbrados y diariamente se nos sirve en nuestra casa por televisión. Otros critican que la película destila un antisemitismo exacerbado, comparable y reminiscente del que se mostró durante la II Guerra Mundial en Alemania.

Lo que más me llama la atención es que en muchas de estas críticas se entremezclan las acusaciones absurdas de masoquismo y antisemitismo con el juicio gratuito sobre una presumible y particular concepción del catolicismo de su director, al que se considera anclado en el rito tridentino y pre-Vaticano II y que habría influenciado en una visión antisemita a la hora de contar los hechos. No he visto la película, pero creo no equivocarme al decir que Mel Gibson no se ha inventado la historia que relata. Se ha ajustado al Evangelio y como él mismo ha comentado, las acusaciones vendrán de los que no aceptan el mismo. Sí, los judíos pidieron la muerte y consintieron la ejecución de… otro judío, que tenía una madre judía, familiares judíos y seguidores judíos; sí, consintieron y pidieron la ejecución de otro judío que además era un cumplidor perfecto de la ley. No, ni la película, ni el Evangelio son antisemitas. Ese es la excusa utilizada por los que la critican para desviar la atención sobre la historia y su importancia.

La acusación de antisemitismo denota un reduccionismo equivocado, interesado y simplista de unos hechos que acaecieron, no en la Alemania de Hitler, sino en la Palestina del siglo I. Denota una falta de seriedad (o muy mala intención) el pretender hacernos creer que la muerte de Cristo, procurada por determinadas personas, judías y romanas, pueda achacarse a todos los hombres que habitaban en esa nación y durante todos los tiempos. De la misma manera, sería absurdo acusar de antisemitas a todos los hombres pertenecientes a la nación alemana gobernada por el III Reich. Pero, previendo la acusación, Gibson ha incluso eliminado de los subtítulos el versículo de Mt. 27:25 en el que se dice: “su sangre sobre nosotros y nuestros hijos”. También se ha adelantado a recordar que, desde un punto de vista teológico, de la muerte de Jesús todos los hombres somos responsables.

Como se ve, el tan ridículamente argüido antisemitismo de Gibson proviene de la estúpida idea de que el cristianismo existía como contraposición al judaísmo y que el cristiano automáticamente se pondría en contra de las personas que mataron a Cristo y de toda la nación judía. No se repara en que los primeros cristianos fueron en su mayoría judíos y que tenían, como les enseñó Jesús, que amar y perdonar a sus perseguidores y a los que les maltrataran ya fueran romanos, judíos, alemanes, americanos o iraquíes.

No, no he visto todavía la película y puede que me vaya a gustar o no, pero estoy seguro de una cosa: si Gibson ha plasmado en ella convenientemente el Evangelio, nunca podrá ser antisemita.

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«LA PASIÓN» de MEL GIBSON. Por Juan Manuel DE PRADA

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(publicado en ABC, 28.02.2004 )

DOS sambenitos se han arrojado sobre La Pasión de Cristo, la película de Mel Gibson, antes incluso de que fuera estrenada: su presunto antisemitismo y su regodeo en la crueldad. Ambos reproches, por supuesto, se han aderezado de muy virulentas invectivas contra el realizador, en las que se caricaturizan sus creencias religiosas. Cuando para denostar una obra artística se recurre a argumentos tan cochambrosos, debemos desconfiar de las intenciones del denostador. La animadversión o simpatía que puedan suscitarnos un creador no deben contaminar el juicio que nos merece su obra; quien recurre a una mistificación tan tosca, no consigue sino descalificarse a sí mismo. Por lo demás, estoy completamente seguro de que si Mel Gibson mostrara a Cristo amancebado con María Magdalena, o renegando de su misión redentora, quienes lo han tachado de antisemita y tremendista aplaudirían con fruición su película. Pues lo que solivianta a estos nuevos inquisidores disfrazados con los ropajes de la beatería laica es que un artista emplee su dinero y su talento en la proclamación de su fe; lo que fastidia es que esta película, condenada al éxito, vaya a fortificar a muchos en sus convicciones, y seguramente también a remover el escepticismo de otros tantos. ¡Con lo que nos ha costado -bramarán los inquisidores- que la gente se olvide de Cristo, para que ahora llegue este sujeto y nos desmonte el quiosco!

La película de Gibson jode mogollón; así que habrá que arremeter contra ella, empleando las coartadas más burdas y torticeras. La acusación de antisemitismo proferida contra Gibson, por ejemplo, no se sostiene en pie. Un deber de verosimilitud histórica obliga al director australiano a mostrar, en efecto, a Jesús ajusticiado por la autoridad romana, con la anuencia del pueblo judío, que vocifera: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Pero en el mismo Evangelio de San Mateo en el que se recogen estas palabras hemos leído antes que Jesús derramará su sangre «por todos los hombres para remisión de sus pecados». El pueblo judío, sin saberlo, ratifica con sus palabras el misterio de la Redención: la sangre que cae sobre ellos y sobre sus hijos (sobre la humanidad entera, sin distinción de credos o razas) no clama venganza, sino que salva y purifica. Comprendo que este misterio resulte impenetrable para quienes no profesen la fe cristiana; pero al menos podrían abstenerse de interpretarlo de forma reduccionista. El sacrificio de Jesús, voluntariamente asumido, es de naturaleza expiatoria.

El otro reproche lanzado contra Gibson resulta de una mentecatez aplastante. Las imágenes de su película muestran sin tapujos las sevicias que Jesucristo padeció durante su suplicio; son, al parecer, imágenes de extrema explicitud. Paradójicamente, su contemplación provoca incomodidades en una época que ha encumbrado la exhibición gratuita de violencia a un rango artístico. Dudo mucho que Gibson exceda en truculencias a Tarantino o Kitano, tan idolatrados por el gusto contemporáneo. ¿Por qué la violencia enfática, hiperbólica, de esos cineastas fascina, mientras que la de Gibson provoca rasgamientos de vestiduras? Por una razón evidente: porque no es gratuita, porque interpela al espectador, porque lo obliga a enfrentarse al dolor en estado puro. Nos hemos acostumbrado a una violencia banal, coreográfica, meramente esteticista, que hace del hiperrealismo una forma sublimada de irrealidad; no podemos soportar, en cambio, la violencia catártica que estimula nuestro horror y nuestra piedad, que nos hace partícipes de un sufrimiento sobrehumano y nos ayuda a entender en toda su magnitud un sacrificio que remueve nuestra capacidad de comprensión.

Quizá la película de Gibson sea, a la postre, un bodrio. Pero los argumentos hasta ahora empleados en su demolición dan grima.

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Ahora entiendo mejor. Por José A. Botella (después de ver la película)

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(publicado en La Verdad, 4.04.2004 )

ACABO de ver la película y me gustaría expresar las sensaciones que he experimentado al visualizarla. Si la fuerza de la costumbre no me puede, creo que no podré mirar nunca más un crucifijo sin evocar lo que he visto en esta película. Los cristianos estamos acostumbrados a las representaciones artísticas de Cristo en la cruz, obras que, aún pudiendo mostrar la crudeza del martirio, no llegan a ser fieles a lo que supuso la tortura y muerte de Jesucristo. En la página web que edito he mostrado la imagen del rostro obtenida de la Sábana Santa y muchos me han comunicado su asombro al contemplar las hinchazones y contusiones que se pueden apreciar en ella. En el apartado la autopsia se puede observar la brutalidad a la que fue expuesto este cuerpo. Algo a lo que no estamos acostumbrados y que podemos comprobar si observamos los crucifijos que podemos encontrar a nuestro alrededor. Mel Gibson ha mostrado con toda crudeza el martirio de Cristo. La obra de Gibson, si bien no tiene por qué ajustarse, fotograma a fotograma, a lo que pasó en realidad, bien puede considerarse como un ejemplo de lo que un martirio de este tipo puede llegar a ser. La película es muy dura. He visto a gente abandonar la sala al no soportar ni un minuto más las imágenes de sufrimiento a las que Gibson nos expone. Un sufrimiento que minuto a minuto va aumentando y que parece no tener fin. Tal es así que, en un momento determinado, cuando Jesús va cargando con la cruz y los soldados siguen azotándole, una espectadora del martirio (en la película) lanza el grito que muchos de nosotros estamos reprimiendo en silencio: ¿es que no puede nadie parar esto?

Yo mismo he sentido la tentación de irme, de huir. Pero recuerdo que he sido yo el que he decidido ver la película y permanezco en mi sitio apretando fuerte el crucifijo que llevo siempre conmigo. Un chico, a mi izquierda y en una reacción igual a la que ha descrito Vittorio Messori en su artículo sobre la película, ha sacado disimuladamente un rosario y se ha puesto a pasar despacio las cuentas.

Varias escenas me han conmovido hasta las lágrimas. He visto sufrir a la Virgen María y he comprendido su papel de corredentora con Cristo. Hay dos momentos claves en el que se ve el enorme sufrimiento de María y que me han hecho reflexionar: el primero de ellos es el instante en el que se encuentra con su hijo que cae por el peso de la cruz y en retrospectiva se ve a ella que acude rápido a una caída del Jesús niño; el otro es al pie de la cruz cuando, en una licencia artística de Gibson, le pregunta a su hijo porqué no puede morir con él. Así debió ser el dolor de María. Yo lo he entendido ahora que tengo también hijos. No hay dolor más grande para un padre o una madre que el ver sufrir de manera indecible y morir a un hijo querido. Se desearía poder morir con él.

También he comprendido la famosa cuestión, que se plantea sin duda al ver la película, de por qué Dios eligió esa manera de redimirnos y no otra más "razonable" y no tan violenta. He comprendido la famosa frase tantas veces oída pero nunca meditada lo suficiente de que nadie tiene amor más grande que el que da su vida por los amigos. He comprendido que, aunque Dios pudo habernos redimido con una sola gota de su sangre, lo hizo en la única manera que exigiría la inmensidad de su amor: entregando a su propio Hijo querido a una muerte cruentísima y preanunciada ya en el episodio de Abraham con el sacrificio frustrado de su primogénito. Entiendo ahora que Dios no podía habernos redimido de mejor forma.

No recomiendo la película a gente excesivamente sensible. Pero si a aquellos que sientan, no una curiosidad morbosa, sino la "necesidad" de saber más sobre Jesús de Nazaret y a los que se han acostumbrado a mirar un crucifijo y ya no sienten nada. Se llevarán una muy buena idea del sufrimiento de Jesús y la película podría, incluso, cambiar sus vidas para siempre.

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La Pasión de Cristo. Por Juan Manuel DE PRADA

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(publicado en ABC, 2.04.2004 )

LA «cristofobia» imperante ha querido disfrazar la tirria que le produce la película de Mel Gibson caracterizándola de panfleto antisemita y execrando su exaltación del sufrimiento. Sorprende que una época que aplaude patochadas del calibre de Kill Bill, la última regurgitación de Tarantino, donde la violencia desatada adquiere un tratamiento coreográfico e incluso humorístico, se escandalice de algunas secuencias contenidas en La Pasión de Cristo. A la postre, se demuestra que la razón de dicho escándalo nace de la banalidad contemporánea, que acepta la representación de la violencia cuando se erige en un ejercicio ornamental pero se rasga las vestiduras (Caifás sigue entre nosotros) cuando interpela al espectador, cuando estimula su horror o su piedad, cuando remueve los plácidos cimientos sobre los que se asienta su existencia y lo obliga a enfrentarse al problema del mal, a esa letrina de atávicas crueldades que anida en el corazón del hombre. Por si esto fuera poco, La Pasión de Cristo postula sin ambages la existencia de un hombre entreverado de Dios que se inmola voluntariamente, que se abraza a la Cruz para que sus padecimientos limpien dicha letrina; la magnitud de su sacrificio resulta demasiado indigesta para ciertos estómagos, que antes que aceptar su naturaleza redentora prefieren no molestarse en comprenderla. Sólo así se explica que una película que recoge en sus fotogramas pasajes tan reveladores y esenciales en la vida de Jesús como la predicación del amor sin condiciones (Mt, 5, 43-48) haya sido tachada de antisemita. Las anteojeras y apriorismos con que algunos han contemplado La Pasión de Cristo les impide reconocer que en ella se nos habla de amor (de un amor extremo que alcanza la donación de la propia vida), nunca de odio.

Habría que anticipar, antes de referirnos a otros aspectos más concretos, que Mel Gibson ha querido completar una obra declaradamente católica. Aunque en Estados Unidos hayan sido las comunidades evangélicas quienes con más ahínco la han defendido, la película aborda algunos asuntos medulares de la fe católica -así, el vínculo existente entre el sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la misa- que un protestante no puede llegar a comprender plenamente. Su catolicismo militante se trasluce, sobre todo, en el tratamiento de la figura de María, a quien en todo momento se muestra sabedora y consciente de la misión salvífica de su Hijo. El sufrimiento sereno de la Virgen, que asiste a la inmolación de Jesús con un estoicismo que rehuye la efusión plañidera, depara algunos de los momentos más memorables de la película, también los más originales; pues, aunque Gibson sigue casi al dedillo los Evangelios y las visiones de la monja agustina Ana Catalina Emmerich (1774-1824), se permite algunas licencias creativas que enriquecen y vigorizan el papel desempeñado por María en aquellas horas pavorosas. Pienso, por ejemplo, en esa secuencia en que el Demonio (caracterizado como un ser antropomorfo y andrógino) y la Virgen intercambian, en medio del tumulto que acompaña a Jesús en su vía crucis, una mirada de tenso dramatismo; enseguida comprendemos que el poder de Satanás se detiene ante esta nueva Eva que ha venido para aplastarle la cabeza (Gn 3, 15). Pienso, también, en uno de los momentos más sublimes de la película, en el que María pega el rostro al suelo; un pudoroso movimiento de cámara nos descubre que, justamente debajo de ese lugar, se halla Jesús, aherrojado en una mazmorra: la empatía entre madre e hijo que se transmite en estos fotogramas es de una delicadeza conmovedora. Como lo es, en fin, la escena en la que, a mi juicio, La Pasión de Cristo alcanza la cúspide de la emoción: María, «pálida como un cadáver con los labios casi azules» -así la describe Ana Catalina Emmerich-, presencia una de las caídas de su Hijo, aplastado por el peso de la cruz; entonces Gibson intercala un flash-back en el que Jesús, todavía niño, se pega un morrón mientras corretea, lo que obliga a María a correr a su lado, para consolar su llanto. Ese mismo movimiento instintivo y protector la impulsa a socorrer, tantos años después, al Hijo que va a ser sacrificado; y la transposición de planos temporales logra crear un clima de un patetismo limpio que se nos queda anudado en la garganta.

Otras intervenciones de la Virgen, como aquella en la que se agacha sobre el suelo del pretorio, para limpiar con unos paños -ayudada por María Magdalena- la sangre vertida por Jesús durante la flagelación, poseen una hondura mística que ya encontramos en las visiones de Ana Catalina Emmerich. Este documento, indispensable para la plena comprensión de la película, inspira a Gibson algunos episodios consagrados por la tradición piadosa, pero ausentes en los Evangelios (v. gr., la intervención de la Verónica, la presencia del Demonio en el huerto de Getsemaní, etc.), así como el desarrollo de algunos personajes, como Simón de Cirene, los ladrones Dimas y Gestas y, muy principalmente, Poncio Pilato y su esposa Claudia. La intervención de esta última cobra en la película un protagonismo insólito, influyendo con determinación en el ánimo del titubeante procurador, cuyos conflictos de conciencia adquieren así una dimensión agónica. La conversación que Pilato mantiene con su esposa sobre la naturaleza de la verdad constituye otra de las cumbres de la película, pues acierta a penetrar en la angustia de un hombre que se debate entre la convicción de la inocencia de Cristo y el miedo -nacido del interés- a un veredicto absolutorio.

No podemos dejar de referirnos a las escenas de La Pasión de Cristo que, por su crudeza, han desatado mayor alboroto entre sus detractores, e incluso algunas reticencias entre sus partidarios. Gibson, en efecto, no se recata en la exposición de las sevicias que le fueron infligidas a Jesús; la elipsis no figura entre sus recursos retóricos. Pero esta elección artística no obedece a un propósito de truculenta gratuidad, salvo en un momento concreto y particularmente desafortunado en que se nos muestra cómo un cuervo vacía un ojo al ladrón Gestas. Hemos de partir de una premisa: a las nuevas generaciones, educadas en la explicitud y en el desdén de lo religioso, un tratamiento sugerido o elíptico de la tragedia del Gólgota las hubiese dejado risueñamente indiferentes. Gibson entiende la Pasión en el sentido etimológico de la palabra, como sufrimiento que aflige al espectador; esta vindicación del pathos como instrumento de convicción estética y moral, que hallamos ya en los trágicos griegos, ha estado siempre muy presente en la iconografía cristiana (pensemos, por ejemplo, en la imaginería barroca española). Por supuesto, a quienes prefieran atrincherarse en el descreimiento, estas imágenes les resultarán obscenas; al cristiano, en cambio, le transmitirán -aparte de algún mal trago- un efecto purificador y, a la postre, reconfortante.

La Pasión de Cristo consigue penetrar el misterio de aquel episodio que refundó la Historia y el destino del hombre. Que este logro espiritual se acompañe, además, de unos resultados estéticos más que notables, agiganta el tamaño de la empresa. Prueba irrefutable de este éxito doble la constituyen las invectivas y espumarajos con que la «cristofobia» imperante ha distinguido la película. Para los cristianos, cada vez más vilipendiados en la sociedad contemporánea (como Jesús nos anticipó que ocurriría), la película de Gibson es una invitación a la perseverancia y un refresco de aquellas palabras consoladoras que leemos en el Evangelio de San Mateo: «No tengáis miedo, pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse, ni secreto que no venga a conocerse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído, predicadlo sobre los terrados». La película de Gibson es una incitación a salir de las catacumbas, una apuesta por la fortaleza y el coraje; nada más lógico, pues, que soliviante y exaspere a quienes nos desean ver cohibidos y cobardones, negando o siquiera ocultando una fe que nos dignifica.


La violencia de Mel Gibson. Por Juan Manuel DE PRADA

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(publicado en ABC, 9.04.2004 )

LOS vituperios que está recibiendo la película de Mel Gibson se aferran desesperadamente a una misma coartada: el uso de imágenes de una violencia perturbadora. Algunos vituperadores, en el colmo de la astucia o la ignorancia, pretenden recluir La Pasión de Cristo en el muladar de las películas gore. Olvidan que la representación explícita de la violencia se halla presente en muchas cimas del arte cinematográfico: Un perro andaluz, La naranja mecánica, Salvar al soldado Ryan, Saló o los 120 días de Sodoma... A Pier Paolo Pasolini, por cierto, se le ha sacado mucho en romería, para oponer el quietismo de El Evangelio según San Mateo al presunto tremendismo de Gibson. Nadie parece recordar, sin embargo, la brutalidad de algunas escenas de Saló, donde la adaptación del Marqués de Sade servía -muy discutiblemente- como vehículo de denuncia del fascismo. Por lo que se ve, el uso iconográfico de la violencia resulta admisible si se emplea para ilustrar un alegato antifascista o antibélico; en cambio, produce escándalo en un alegato cristiano. Durante los últimos años, se han estrenado -con los parabienes de la crítica que ahora se rasga las vestiduras- películas que se regodean perversa y gratuitamente en las más bestiales sevicias: La pianista de Michael Haneke, Irreversible de Gaspar Noé o Audition de Takashi Miike contienen fotogramas mil veces más escabrosos -por ásperos y por depravados- que La Pasión de Cristo.

En la película de Gibson, sin embargo, el espectador se enfrenta a una violencia de clara intención catártica. La misión del verdadero arte no es complacernos ni acunarnos melosamente, sino golpearnos, trastornar los cimientos de conformidad sobre los que se asienta nuestra existencia. Es misión legítima -y necesaria- del arte actuar como una Gorgona que nos petrifica de horror. Pero no nos engañemos. El escándalo suscitado por la película de Gibson no nace de su utilización verista de la violencia. La imagen de un Dios hecho hombre que se inmola (aquí sí conviene emplear este verbo, y no en los suicidios de los terroristas islámicos) para redimirnos lastima y ofende el hedonismo imperante, que califica el sufrimiento de estéril y repudia la idea del sacrificio. Paradójicamente, este hedonismo ha querido maquillarse, en su rechazo de la película de Gibson, de una espiritualidad pánfila y edulcorada. Y así, se aboga por una visión «menos descarnada» (¿menos carnal?) de la Pasión, en la que se abrevien o eludan los padecimientos infligidos a Jesús; una Pasión incruenta, indolora (¿una eutanasia?) en la que la divinidad de Cristo «pasa por encima» de su vía crucis, como quien cumplimenta un engorroso trámite. A los partidarios de esta espiritualidad feble les agrada la imagen de un Dios que apenas se inmuta, porque su naturaleza divina triunfa sobre su naturaleza humana. Este triunfo se produjo (como la película de Gibson muestra en su secuencia final), pero antes Cristo sufrió cada vejamen, cada azote, cada caída camino del Gólgota, cada clavo hincado en su carne con todo el pavoroso, incalculable dolor con que lo hubiese sufrido cualquier hombre. Cristo carga sobre sus endebles hombros con las culpas del género humano y asume cada una de las estaciones de su sacrificio sin anestesias bajadas del cielo. La película de Mel Gibson, tan desaforadamente carnal, es un monumento al amor divino: a través de su carne reducida a una piltrafa sanguinolenta, Cristo anticipa su victoria definitiva. ¿Por qué los detractores de esta película no se quitan la máscara? No les fastidia la efusión de sangre, sino lo que esa sangre significa. Y es que la película de Gibson ha logrado tambalear los cimientos sobre los que se asienta perezosamente nuestra existencia. Chapó por el australiano.

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